Apóstoles: Se entregaron los premios del Certamen Literario «Felices Pascuas 2018»

Este jueves por la mañana se realizó en el Centro Cultural Raúl Delavy de Apóstoles la entrega de premios a los ganadores del concurso «Felices Pascuas 2018», convocado por la Sade filial Apóstoles, el programa Cachapé Viajero, y la dirección de Cultura de la Municipalidad de dicha ciudad. Se hizo acreedor del primer premio el contador Juan Marcelo Rodriguez.

El acto se realizó en el marco de la celebración de las Pascuas, una fecha que ha tenido siempre una enorme gravitación en la vida de este pueblo y cuya vigencia se enmarca en el aspecto religioso –cultural que pretenden revalorizar permanentemente.

Los premios del Concurso

La entrega de reconocimientos también se realizó con los jurados del Certamen: Amalia Bazán, Angela Andrade y Verónica Bordakevich., como así también al artista Lucio García Da Rosa.
En la entrega de los premios, participaron la Directora de Cultura de la Municipalidad de Apóstoles Prof. Agustina Prates, la Sra. Avelina Esther Vizcaychipi, integrantes de la organización, el escritor Mario Jose Zajaczkowski delegado local de SADEM, y el Presidente de la Cámara de Comercio Fernando Ostafchuk.

El primer premio fue obtenido por Juan Marcelo Rodriguez

Los premiados son:
Primer Premio Juan Marcelo Rodríguez, quien se define como padre de dos hijas, contador público e hincha de Boca Juniors (a la sazón es legislador provincial), con su trabajo “Mi Milagro de Viernes Santo”.
Segundo Premio: Horacio Daniel López (La Resurrección del Nazareno)
Tercer Premio. Yolanda Eskuarik (Se vive, se sueña. No se olvida lo impactante)

Para culminar el Honorable Concejo deliberante de la Ciudad de Apóstoles entregó un merecido reconocimiento a la Sra. Avelina Vizcaychipi, por su constante labor en resaltar los atractivos turísticos y culturales de la comunidad.

Cuento ganador: Milagro de Viernes Santo
Autor: Juan Marcelo Rodriguez

La tarde calurosa y húmeda invitaba a un chapuzón, pero por orden de mi madre los niños debíamos guardar silencio en la chacra. Continuas muecas entre mis 4 primos quebraban la solemnidad del Viernes Santo y breves carcajadas estremecían la pequeña habitación lindante al gallinero.
-¡Quédense quieto ya! -exclamó nerviosa mi abuela, rosario en mano y vestida con extraños atuendos oscuros, similares al de las monjas que visitaban todos los veranos la Capilla San Vladimiro. Para quienes cargábamos tanta energía en años de inocencia la calma terrenal de ese día de respeto era muy difícil de sobrellevar, pues no había juegos, tarefa, escuela ni comida en abundancia, y todo se resumía en dos palabras que expresaba mi tía bajo intensa lectura bíblica: ayuno y abstinencia, términos cuyos significados recién descubrimos en años de madurez.

Pasado el mediodía el aroma de un pescado en cocción en el horno de barro nos devolvió el ánimo y nuestras narices agitadas llenaban los pulmones del exquisito manjar cual previa de un inolvidable banquete, pero toda ilusión de gula se desvanecía a la hora del almuerzo cuando las pequeñas raciones, sin pan casero, eran servidas en la mesa familiar, donde con cierto disgusto volvíamos a escuchar esas dos palabras raras en la boca de mi tía que mirándonos en círculo y repitiendo lentamente decía: -¡ayuno y abstinencia!
-¡Vuelvan al fondo y duerman una buena siesta! -sentenció mi madre mientras se dirigía al aljibe con dos baldes a sacar agua para lavar los platos.
La ardiente siesta incendiaba nuestros pequeños cuerpos y el colchón de chala no tenía oficio de bombero ni era un buen refugio para aliviar tanto fuego, y fue en ese preciso momento, casi en simultáneo, que la idea surgió.
-¿y si nos escapamos mientras duermen? – dijo mi primo Alejo, mientras las miradas y sonrisas cómplices aprobaban la moción por unanimidad.

De a uno fuimos saltando por la ventana y cual yaguaretés, en silencio y agazapados, entramos al yerbal camino al arroyo. Bajo las sombras de mangos centenarios el sol fue testigo de nuestras corridas y caídas libres en las refrescantes aguas, que bajaban turbias debido a las intensas lluvias que se precipitaban en la Serranía Central, peligro imperceptible para una edad donde la prioridad del juego y la travesura desafiaban cualquier temor, inclusive al mismísimo Yasí Yateré. Y fue con este ímpetu que mis primos Waldemar y Ari nadaron hacia aguas profundas, y en cuestión de segundos, fueron arrastrados por un gran remolino. Nuestros corazones se aceleraron, una inyección de nervios produjo adrenalina al por mayor y en una explosión de angustia nuestras gargantas vibraron con potencia implorando auxilio. Con las esperanzas agotadas solo lográbamos divisar las manos de quienes ya, por más de 50 segundos sumergidos, peleaban por sus vidas.
Fue entonces cuando de repente, corriendo desde el yerbal y como un clavadista olímpico, el Tío Peter se arrojó al arroyo y tomando a mis primos, ya en las profundidades, pudo llevarlos a la orilla y devolverles el aliento y la vida.

-¡Ahora van a ver ustedes! – exclamó mi madre enojada minutos después del rescate mientras cortaba unas varas de durazno para penar nuestras culpas y la desobediencia.
-¡Eso porque no hicieron ayuno y abstinencia “che”! – murmuró mi tía.
Pero mi abuela, mirando al cielo con las manos extendidas, oró diciendo:
– ¡Gracias Señor por este Milagro de Viernes Santo!
Desde aquel acontecimiento, los primos nos juntamos en familia para celebrar con mucha alegría y devoción las Pascuas de Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, quien con amor inmensurable, se entregó por nosotros y venció a la muerte y al pecado, pero también le devolvió la vida a mis dos primos. Waldemar es hoy padre de nueve hijos, y Ari es padre de siete retoños. Ambos rememoran esta historia en Semana Santa todos los años y agradecen al Altísimo por su misericordia, experiencia de vida que la abuela sintetizara con sabias palabras en su oración: un verdadero “Milagro de Viernes Santo’



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