Cuidados Paliativos: “Un nacimiento, un atardecer”

 

“Con las manos vacías llegué al mundo, descalzo me marcho. Mi llegada, mi partida….dos simples sucesos que se enredan.” ( Frase del Padre Mamerto Menapace, del libro “El Paso y la Espera: Rumiando la Vida”)

En esta columna quiero compartir con ustedes algo de mi vida personal. Cuando tenía 26 años, hoy tengo 53, nació mi segundo hijo Pablo en un sanatorio. En el mismo sanatorio estaba viviendo sus últimos días mi madre. Ya le estaban por dar “el alta del sanatorio” para que tenga internación domiciliaria.

Ese domingo nace Pablo y de la sala de partos me llevan a una habitación. Casualidad, causalidad nunca lo sabré: nos separaba simplemente una pared, mi habitación estaba pegada a la de ella. Mi marido fue a avisarle que Pablo había nacido, no hablaba ya, si miraba… sonrió. A las 24 horas partió. Muchos sentimientos encontrados alegría y tristeza. Una vida nacía, otra terminaba. En esos años, no me imaginé que esta experiencia vivificante, iba a iluminar la tarea que hoy llevo a cabo y me apasiona.

Cuando comencé a formarme en Cuidados Paliativos hace ocho años lo primero que  trabajamos fue uno de los momentos más importantes de la vida: el nacimiento. Dentro mío me preguntaba: pero yo vengo a prepararme sobre temas de la muerte! Comenzamos a visualizar algo de la experiencia en el vientre materno. Imaginamos lo que habrá sido para cada uno de nosotros esos nueve meses: estuvimos en un lugar seguro dentro del vientre de nuestra madre, nos alimentó, nos dio calor, dormíamos lo que queríamos. Nos movíamos, pateábamos y con esa pateada le decíamos: acá estoy. Íbamos creciendo en ese lugar seguro, nuestros órganos iban madurando día a día, mes a mes.

Llego un momento que teníamos que salir a otra vida: nos esperaban rostros disfrazados desconocidos, todos nos miraron, en algunos partos los padres esperan junto a los médicos esa llegada, en otras, no porque está con la madre, un lugar con una luz tan fuerte como lo es la sala de partos. Seguramente dentro nuestro habrá estado la pregunta: ¿Quiero salir de acá o prefiero quedarme en esto conocido? ¿Tengo que abandonar este lugar seguro? ¿Cuánta incertidumbre no?

Para mí fue desconcertante comenzar la formación para acompañar en el buen morir pensando en el nacimiento.

Luego de unos años, recuerdo una tarde que estaba en el sillón de mi casa compartiendo unos mates con Jorge, mi suegro. Recuerdo que me decía que sabía que en cualquier momento iba a partir, (aclaro que ese día vino manejando) su corazón estaba cada vez más débil. Y me decía: ¿Morir será como el nacimiento? Y ahí estuvimos juntos pensando en esta idea que les describo más arriba. Y fue escucharlo toda la tarde, por momentos con lágrimas en los ojos, por momentos con mucho miedo.

Hasta que me dijo: la verdad que ya tantos pasaron este umbral por qué no voy a poder hacerlo yo. Fue una tarde tan linda, que no me la voy a olvidar más. Luego ya más débil en el sanatorio pasé con él su última noche. Fue una noche larga, dura en terapia intermedia. El no sufría: algo estaba preparando, habló mucho toda la noche (me animo a decir) con algo del más allá. No me hablaba a mí, no se le entendía lo que decía, miraba a un rincón de la habitación. Y al día siguiente partió de la mano de dos de sus hijos, mi marido y una hermana.

Puede ser que resulte difícil hablar de este tema. Los invito a que intentemos vivirlo un poco más natural, hablarlo, compartirlo, pensarlo. Es una realidad que nos va a tocar a todos: o que algún ser querido parta o que nos llegue el momento a nosotros. Recuerdo una entrevista que le hicieron a MexUrtizberea en la Revista Hecho en Buenos Aires que contaba que cuando le propuso a su padre llevarlo a su casa, el padre le dijo: “Vas a presenciar mi decadencia” (tenía cáncer de pulmón, fumaba dos atados por día). Y continúa Mex: “Es que a nadie le enseñan a acompañar a alguien a la muerte. Es divino acompañar a la muerte, yo le tocaba la guitarra al lado, le hacía música…Es raro”.

Nuestra responsabilidad como ciudadanos que formamos parte de una comunidad humana, consiste en reclamar y promover activamente los recursos adecuados que permitan el mejor cuidado posible de todas las personas en la recta final de sus vidas.

Morir es la más universal y difícil experiencia de nuestras vidas. Cada muerte es una puerta abierta al misterio sagrado de la creación, como lo es el nacimiento.

La muerte es una vía de acceso a un espacio abierto hacia el infinito…..Así como celebramos la vida que nace, como comunidad podremos conseguir el mayor alivio posible del sufrimiento en el final de la vida, superando la imagen negativa de la muerte y aprender a reconciliarnos con nuestra naturaleza mortal.

Me pregunto: ¿Y si generamos estos espacios? Con solo en una comida con amigos poder hablar de lo que nos gustaría que pase, de los temores, de las tristezas, de recordar aquellas personas que ya fallecieron….es una manera de prepararnos para que otros mueran y para nuestra propia muerte.

¿Es fácil? para nada. No podemos negar que las ausencias duelen, que las lágrimas que derramamos por alguien que ha terminado su camino es una señal del amor con que hemos compartido su vida. Por eso es tan importante generar espacios donde esto se hable, se comparta y así podamos aliviar algo del sufrimiento que nos causa“ya que lo que retenemos que está destinado a terminar nos impide acompañar lo que perdura, quien sabe entregar su vida y el de su ser querido le permite vivir para siempre”. (1)

 

(1) Completar la vida – Juan Jose Valverde Editorial Sal Terrae

 

 

) Licenciada en Relaciones Públicas y Consultora Psicológica.

Especializada en Cuidados al final de la vida y orientación a familiares.

Coordina Programa Comunidades Compasivas (Buenos Aires)

Mail: marianasoizapineyro@gmail.com

 

 

 



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