Opinión: La Familia, célula original de la vida social

Opinión: La Familia, célula original de la vida social

Continuando con lo vertido en el anterior artículo de Familia, base social de la civilización del amor, aquí se exponen algunas consideraciones acerca de los ancianos, los migrantes y el Sínodo.

Los ancianos, “nuestros ancianos”, tienen el carisma de romper las barreras entre las generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha subscrito con agrado las palabras inspiradas «la corona de los ancianos son los hijos de sus hijos» (Prov 17, 6)!»[79].

Notamos que muchos destacan la condición de las personas en edad avanzada en el seno de las familias. En las sociedades evolucionadas el número de ancianos tiende a aumentar, mientras que decrece la natalidad. El recurso que representan los ancianos no siempre se aprecia de manera adecuada.

El Papa Francisco, en la audiencia Gral de Marzo de este año, señalo: «El número de ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado lo suficiente para hacerles espacio, con justo respeto y concreta consideración a su fragilidad y dignidad. Mientras somos jóvenes, somos propensos a ignorar la vejez, como si fuese una enfermedad que hay que mantener alejada; cuando luego llegamos a ancianos, especialmente si somos pobres, si estamos enfermos y solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada a partir de la eficiencia, que, como consecuencia, ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar».

La condición de los abuelos en la familia requiere una atención peculiar. Ellos constituyen el anillo de conjunción entre las generaciones, que asegura la transmisión de tradiciones y de costumbres en las cuales los más jóvenes pueden encontrar sus propias raíces. Además, frecuentemente, de manera discreta y gratuita, garantizan una preciosa ayuda económica a los esposos jóvenes y se hacen cargo de los nietos, a los que también transmiten la fe. Muchas personas, especialmente en nuestros días, pueden reconocer que precisamente a sus abuelos deben su iniciación a la vida cristiana.

Esto testimonia que en la familia, en el sucederse de las generaciones, la fe se comunica y se custodia, lo que la convierte en una herencia insustituible para los nuevos núcleos familiares. A los ancianos corresponde, por tanto, un sincero tributo de reconocimiento, de aprecio y de hospitalidad, de parte de los jóvenes, de las familias y de la sociedad.

“La mayor enfermedad hoy día no es la lepra ni la tuberculosis sino más bien el sentirse no querido, no cuidado y abandonado por todos”. Madre Teresa de Calcuta.

En una de las preciadas Misas matutinas, septiembre del 2014, Francisco comentó: «Muchas veces nos encontramos, entre nuestros fieles, ancianitas sencillas que quizá no terminaron la escuela primaria, pero que te hablan de las cosas mejor que un teólogo, porque tienen el Espíritu de Cristo».

Es muy importante la presencia de los abuelos, una presencia preciosa tanto por la ayuda práctica como, sobre todo, por la colaboración educativa. Los abuelos custodian en sí los valores de un pueblo, de una familia y ayudan a los padres a transmitirlos a los hijos. En el siglo pasado, en muchos países de Europa, fueron los abuelos quienes transmitieron la Fe, ellos llevaban a escondidas al niño a recibir el Bautismo y transmitían la fe.

Las personas en edad avanzada son conscientes de que se encuentran en la última fase de la existencia. Su condición repercute en toda la vida familiar. El hecho de tener que afrontar la enfermedad, que con frecuencia acompaña el prolongarse de la vejez, y sobre todo la muerte, sentida como próxima y experimentada en la pérdida de las personas más queridas (el cónyuge, los familiares, los amigos) constituyen los aspectos críticos de esta edad, que exponen a la persona y a toda la familia a la redefinición de su equilibrio.

La viudez es una experiencia particularmente difícil para quien ha vivido la elección matrimonial y la vida familiar como un don en el Señor. Sin embargo, a los ojos de la fe también presenta algunas posibilidades para valorar.

La familia continúa siendo escuela inigualable de humanidad, contribución indispensable a una sociedad justa y solidaria (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 66-68); y mientras más profundas son sus raíces, es más posible salir e ir lejos en la vida, sin extraviarse ni sentirse extranjeros en cualquier territorio.

inmigrantes

Tanto Claudia Fassa como yo, y la gran mayoría somos “el producto” de inmigrantes.

­El Papa Juan XIII, en el X Aniversario de la Exsul Familia, Agosto 1962, aseveró: ….¡Qué gran cantidad de dolores, unidos a esperanzas y a expectativas, encuentran apoyo y comprensión! Pues el emigrante, en el primer momento, se puede decir que está despojado de los afectos familiares, de la parroquia nativa, de la lengua y del propio país. Se encuentra frente a dificultades de trabajo y de alojamiento, de adaptación a condiciones de vida extrañas, que con frecuencia influyen negativamente en su educación. Tiene necesidad de abrirse a personas amigas; de orar, al menos en un principio, y de recibir la instrucción catequística en una iglesia o capilla que corresponda a su particular estado de ánimo; tiene necesidad, finalmente, de tranquilidad y —probablemente— de una casa propia. Y he ahí, el sacerdote, viva imagen de la paternidad de Dios, viene a él, a ofrecerle su consuelo y a darle confianza.

 Despierta preocupación en muchos el efecto sobre la familia del fenómeno migratorio, que atañe, en modalidades diversas, a poblaciones enteras en varias partes del mundo. El acompañamiento de los migrantes exige una pastoral específica, dirigida tanto a las familias en migración como a los miembros de los núcleos familiares que permanecen en los lugares de origen; esto se debe llevar a cabo respetando sus culturas, así como la formación religiosa y humana de la que provienen. Hoy el fenómeno migratorio conlleva trágicas heridas para masas de individuos y familias en “excedencia” de distintas poblaciones y territorios, que buscan legítimamente un futuro mejor, un “nuevo nacimiento”, ya que se da el caso de que donde nacieron no es posible vivir y muchas veces motivada por motivos de supervivencia hasta económicos.

Las varias situaciones de guerra, persecución, pobreza, desigualdad, habitualmente motivo de la migración, junto con las peripecias de un viaje que a menudo pone en peligro incluso la vida, marcan traumáticamente a las personas y sus sistemas familiares. El proceso migratorio, en efecto, inevitablemente lacera las familias de los migrantes por las múltiples experiencias de abandono y división: en numerosos casos el cuerpo familiar se ve dramáticamente desmembrado entre quien se marcha para abrir camino y quien se queda a la espera de un regreso o de una reunificación. Quienes se marchan extrañan su tierra y su cultura, su lengua, los vínculos con la familia ampliada y con la comunidad, el pasado y el tradicional desarrollo del propio camino de vida.

El venerable Pablo VI describía con estas palabras las aspiraciones de los hombres de hoy: «Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más» (Cart. enc. Populorum progressio, marzo 1967, 6).

El encuentro con un nuevo país y una nueva cultura es todavía más difícil cuando no encuentran condiciones de auténtica acogida y aceptación, que respeten los derechos de todos y ofrezcan una convivencia pacífica y solidaria. El sentido de desorientación, la nostalgia de los orígenes perdidos y las dificultades de una auténtica integración —que pasa por la creación de nuevos vínculos y la planificación de una vida que enlace pasado y presente, culturas y geografías, lenguas y mentalidades diferentes—hoy, en muchos contextos, no se han superado y desvelan sufrimientos nuevos incluso en la segunda y tercera generación de familias inmigrantes, alimentando fenómenos de fundamentalismo y de rechazo violento de la cultura del país de acogida. Imaginemos lo vivido por nuestros antepasados, la gran mayoría inmigrantes.

Sínodo: “caminar juntos”, el pueblo que camina con Dios “está hecho de familias”, y “mientras camina lleva adelante la vida, con la bendición de Dios”. Francisco, 25/10/15.

Los Padres Sinodales han indicado que la familia constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad; colabora de manera original y profunda en la construcción del mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en particular custodiando y transmitiendo las virtudes y los «valores»; y como dice el Concilio Vaticano II: en la familia «las distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social»[106].

Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y deshumanizadora, con los resultados negativos de tantas formas de «evasión» —como son, por ejemplo, el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo—, la familia posee y comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de inserirlo activamente con su unicidad e irrepetibilidad en el tejido de la sociedad. Juan Pablo II, decía que “la familia debe asumir la responsabilidad de cambiar la sociedad”.

Acerca del Sínodo

Acerca del Sínodo nos dijo el Papa Francisco audiencia gral 4-11-15: “la vida no se detiene, en particular la vida de las familias ¡no se detiene!. Ustedes, queridas familias, están siempre en camino. Y continuamente escriben en las páginas de la vida concreta la belleza del Evangelio de la familia. En un mundo que a veces se convierte en árido de vida y de amor, ustedes cada día hablan del gran don que son el matrimonio y la familia. Hoy quisiera subrayar este aspecto: que la familia es un gran gimnasio para entrenar al don y al perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede ser duradero. Sin donarse, sin perdonarse, el amor no permanece, no dura.

En la oración que Él mismo nos ha enseñado -es decir, el Padre Nuestro- Jesús nos hace pedirle al Padre: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Papa Francisco audiencia gral 4-11-15. No se puede vivir sin perdonarse, o al menos no se puede vivir bien, especialmente en familia.

Cada día nos faltamos al respeto el uno al otro. Debemos poner en consideración estos errores, debidos a nuestra fragilidad y a nuestro egoísmo. Lo que se nos pide es sanar inmediatamente las heridas que nos hacemos, retejer inmediatamente los hilos que rompemos en la familia. Si esperamos demasiado, todo se hace más difícil. Y hay un secreto simple para sanar las heridas y para disolverlas acusaciones. Y es este: no dejar que termine el día sin pedirse perdón, sin hacer la paz entre el marido y la mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas… ¡entre nuera y suegra!. Si aprendemos a pedirnos inmediatamente perdón y a darnos el perdón recíproco, sanan las heridas, el matrimonio se robustece, y la familia se transforma en una casa más sólida, que resiste a los choques de nuestras pequeñas y grandes maldades.

Es indispensable que, en una sociedad a veces despiadada, haya lugares, como la familia, donde se aprenda a perdonar los unos a otros. El Sínodo ha revivido nuestra esperanza también en esto: forma parte de la vocación y de la misión de la familia la capacidad de perdonar y de perdonarse.

La práctica del Perdón

La práctica del perdón no solo salva las familias de la división, sino que las hace capaces de ayudar a la sociedad a ser menos malvada y menos cruel. Si, cada gesto de perdón repara la casa de las grietas y refuerza sus muros. La Iglesia, queridas familias, está siempre a su lado para ayudarlos a construir su casa sobre la roca de la cual ha hablado Jesús. Las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad de hoy, y también por la Iglesia.

Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individualizar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Ambiente que como dice la Laudato Si, debemos considerar “la casa común”.

En la puerta de entrada de la vida de la familia, afirma el Papa Francisco, deberían «estar escritas tres palabras: “permiso”, “gracias”, “perdón”. En efecto, estas palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de miles de dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a poco se abren grietas que pueden hasta hacer que se derrumbe» (Francisco, Audiencia general, Mayo 2015).

La vida matrimonial, además, es «también un amor perseverante», porque, si falta esta determinación «el amor no puede seguir adelante». Es necesaria «la perseverancia en el amor, en los buenos momentos y en los momentos difíciles, cuando hay problemas con los hijos, los problemas económicos». También en estas circunstancias «el amor persevera, sigue siempre adelante, tratando de resolver las cosas para salvar la familia».

El sacramento del matrimonio, en definitiva, abre un dinamismo que incluye y sostiene los tiempos y las pruebas del amor, que requieren una maduración gradual alimentada por la gracia. Debe permitir descubrir y hacer florecer la belleza de las virtudes propias de la vida matrimonial: respeto y confianza mutua, acogida y gratitud recíprocas, paciencia y perdón.

El Papa Francisco, en su discurso a la Asociación Nacional de familias numerosas en diciembre del 2014 decía:

La gran familia humana es como un bosque, donde los árboles buenos aportan solidaridad, comunión, confianza, apoyo, seguridad, sobriedad, felicidad, amistad.

Todo el que quiera traer a este mundo una familia, que enseñe a los niños a alegrarse por cada acción que tenga como propósito vencer el mal –una familia que muestra que el Espíritu está vivo y actuante–, encontrará gratitud y estima, no importando el pueblo o la religión, o la región, a la que pertenezca”.

El futuro de la humanidad se fragua en la familia, creciendo juntos !!!

 La Encíclica Laudato Si, 160 , nos pregunta : ….¿Para qué pasamos por este mundo, trabajamos, luchamos?, ¿para quée vinimos a esta vida?, ¿Qué tipo de mundo queremos dejarle a nuestros hijos?.

Tal lo mencionado inicialmente en este articulo: dentro del marco del planeta, su cuidado, la Casa Común, y en vísperas de la Conferencia de Cambio Climático COP21 de París, deseamos el mayor de los éxitos en la planificación del ambiente de nuestro planeta con la Familia presente.

 Nutrámosnos de esta vida de adversidades, fracasos, dificultades, derrotas, contratiempos, pérdidas y podremos “capear” todo tipo de tormentas a cada salida diaria; es nuestra propuesta.

“A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.”Madre Teresa de Calcuta.

Abracemos un ideal en nuestros corazones, sin importar nuestra condición civil y social, fomentemos la Familia y desearemos envejecer!.

Por Gabriel Alsó, ex alumno Salesiano y colaboradora: Claudia M. Fassa



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