Jesús recuperó la sonrisa: pasó de vivir en las calles a la calidez y contención de una verdadera familia

Sólo la risa de los niños y el canto de los pájaros quiebran el silencio de la mañana en el patio de la familia Scherer, en Colonia Delicia, en el hogar de Jesús (11), donde hace poco más de un año llegó el chico y fue recibido con los brazos abiertos por sus abuelos maternos, que hasta ese momento nada sabían de Él.
Atrás quedaron y ahora es sólo un malo recuerdo la venta de estampitas en los colectivos de Posadas. Jesús sonríe y se acerca a saludar al director del Hogar de Día, Samuel López, quien con su equipo de trabajo llegó para visitarlo.
El chico, junto a sus tíos, casi todos de la misma edad, distribuyen las “bolitas” y explican de qué se trata el juego. Marcan la línea de tiro con una raya en el patio de tierra y como un gran trofeo cargan el envase de plástico con las “bolitas” ganadas.
Es el cumpleaños de Rosa (46), la abuela de Jesús, también de Manuel (12), uno de sus tíos, con quien comparte gran parte de los juegos.
Entretenidos, algunos de los chicos se acercan y miran la cámara de fotos. Posan, se ríen y enseguida corren a bañarse, son casi las 11 y deben prepararse para ir a la escuela.
“Este nieto para mí es igual que mi hijo, siempre me voy a hacer cargo de él y le voy a dar el amor que no le dio la madre”, nuevamente ratificó Rosa (46), quien no dudó, hace más de un año, en ocuparse de la educación de Jesús, a pesar que hasta ese entonces no sabía de su existencia y el abandono que había sufrido.
El Hogar de Día, dependiente de la Subsecretaría de Atención Integral Comunitaria de la Niñez, Adolescencia y Familia, a cargo de la magíster Alicia “Tequi” Duarte, logró la revinculación familiar para el chico que había sido encontrado deambulando en las calles y colectivos de la ciudad.
“Este es mi cuaderno, hasta acá nomás hicimos porque hace pocos días que empezaron las clases”, dijo enseñando las hojas que ya lleva escritas y el dibujo, bien pintado que dice: “Los Niños tienen Derechos”.
En el banco de madera ubicado en la sombra, se sentó, tomó una birome y orgulloso mostró que ya sabe escribir su propio nombre: JESUS, en letra imprenta mayúscula. El niño que nunca había ido a la escuela, hasta conocer a sus abuelos, este año comenzó el segundo grado en el turno tarde de la Escuela 673.
Uno de sus tíos baja del árbol una pareja de loros que se habían enredado en lo alto de una rama, a metros del mandiocal y de las plantas de mandarinas que ya dan sus primeros frutos. “No lo toques, o tocale y vas a ver que te saca el dedo”, dijo sonriendo con picardía el niño.
Un vehículo se estaciona frente a la casa y Don Juan Scherer (53), el abuelo de Jesús, conversa con el visitante. Es que en la zona es conocido por su habilidad para pescar.
“Soy pescador desde siempre, ya casi me jubilo haciendo canoas para ir a pescar, porque siempre me roban”, contó más tarde.
Rosa y Juan tuvieron once hijos, actualmente en la casa viven cinco, con Jesús. Después de las gestiones que realizó el Hogar, la madre del niño que reside en otra provincia se comunica y volvió a tomar contacto con sus padres y su hijo, pero el chico no quiere alejarse de sus abuelos.
“Al principio tuvimos que marcarle bien los límites, hubo días que no fueron muy fáciles, pero estamos bien, ahora está muy tranquilo y le respeta y obedece a su abuela, que es con quien está todo el día en la casa, porque yo tengo que salir a trabajar”, agregó Don Scherer.
Bendicen la mesa, almuerzan en familia, conversan de las actividades que harán por la tarde. Jesús mira la hora, mientras termina su plato de locro, no quiere llegar tarde a la escuela, aunque queda a pocas cuadras de su casa, el hogar de los Scherer, que ahora lo contiene y donde le brindan mucho amor.



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