Patria Grande hoy más que nunca

Hay un sentir de los hinchas de fútbol, que los lleva a cantar “Brasil, decime que se siente, Argentina finalista”. Burlarse.  Como dice el teólogo de la liberación Leonardo Boof, el fútbol para mucha gente cumple las características religiosas: “fe, entusiasmo, calor, exaltación, un campo de fuerzas y una permanente apuesta de que su equipo va a triunfar”.  Para esta gente, la humillación del 7 a 1 del otro adversario del barrio, remite a las sensaciones de los hinchas de Boca cuando River se fue al descenso.  Pero si el fútbol  se vive como religión es oportuno recordar que “en la religión existe la enfermedad del fanatismo, de la intolerancia y de la violencia contra otra expresión religiosa y que  lo mismo ocurre en el fútbol: grupos de un equipo agreden al equipo contrario”. También lo advierte Boof.  Pero allá ellos. Presos de una pasión incomprensible y descontrolada, sujeta a un resultado deportivo, sobre lo que nada pueden incidir. Reir o llorar por una contingencia. Es el riesgo vivencial de un fanático del fútbol.

Pero hay otro abordaje en el seguimiento de los mundiales como Brasil 2014. Es un abordaje social. Personas que no entienden el deporte, que no les interesa y hasta las deprimen los relatos por radios y TV que potencian el síndrome domingo a la tardecita, esos, cuando se disputa un mundial, se suman a la vivencia de las tensiones. El fútbol se vuelve más masivo y perfora culturalmente a todas las clases sociales, hasta las honduras de las vivencias por la Patria. El desborde, los festejos masivos, la hermandad ocupando las calles, los libera del  discurso dominante y de los negocios de la FIFA.  El fútbol se vuelve pueblo  La alegría es uno de los últimos espacios de la resistencia. Aunque sea efímera.

Y hablando de alegrías y tristezas, desde esta perspectiva social, desde este abordaje del campeonato mundial, adherimos a Rep cuando después del 7 a 1 publicó su viñeta. “Hoy más que nunca soy brasileño”.

La derrota del seleccionado de fútbol del Brasil frente al de Alemania hizo caer a periodistas y tuiteros en la referencia inevitable: Tristeza não tem fim.

Y es así. Nos sentimos tristes. Por el resultado de fútbol. Por el pueblo brasileño.  Por lo que el pueblo brasileño deposita en la fiesta del fútbol. En el fútbol como religión boofiana.

Tomo Jobim es un filósofo. Un sociólogo más vale. Se lamenta por la infinitud de la tristeza de su pueblo y lo efímero de la felicidad. Que es como una pluma que vuela leve y tiene la vida breve. Esa felicidad efímera necesita del viento sin parar. De lo contrario cae como una lágrima de amor.

¿De dónde el viento? ¿De dónde el aliento del pueblo que trabaja el año entero por la gran ilusión del carnaval?

Allí tiene el pueblo brasileño el viento de Lula, el fútbol de Dilma.

La finitud de la felicidad mundialista remite a Teodoro Dos Santos y su teoría de la dependencia, a la marcha de Prestes por el interior profundo, y a Joao Pedro de los Sem Terra.

La tristeza del pueblo es la que no tiene fin, es lo que dice Jobim.

Esa maldita frustración se vivía en el pueblo mientras el senador Requiao se pronunciaba enérgicamente en contra de los fondos buitre, los que están embistiendo contra los pueblos de todo el mundo.

No se puede decir que tenga algo que ver. Pero el martes 8 fuimos más brasileños que nunca. Eso sí, el 9 de Julio más argentinos que nunca. Por llegar a la final. Por la movilización de alegría en las calles. Y por el discurso de Amado Boudou, nuestro vicepresidente en el acto conmemoratorio de la proclamación de la independencia nacional, independencia por la que seguimos luchando.



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