Reflexión del obispo de Iguazú Monseñor Marcelo Martorell para este domigo

El tema predominante de la liturgia de este domingo es la conversión interior y el seguimiento. En la primera lectura (Jer. 31, 7-9) el Pueblo elegido ha vuelto del destierro, ha sido traído por Dios y lo celebran con gran alegría en la liturgia. 

Dios ha mirado con misericordia y con amor de Padre la fidelidad del resto de Israel, lo tuvo en cuenta y por eso los guía en su regreso hacia su tierra. La escritura nos cuenta que todos volvieron: los rengos, los lisiados y hasta los ciegos (Jer 31,8) porque cuando es Dios el que guía, la luz inunda el corazón de todos. Este pasaje es una bella figura de la conversión interior personal y comunitaria. Ellos tuvieron fe, la reafirmaron y el Señor no se olvidó de ellos. Quien se convierte a Dios y espera en El, recibe su cuidado, su amor y puede volver a El con alegría. La ceguera anterior y el extravío del pecado quedan iluminados por la fe y la presencia de Dios. Esta es la conversión interior a la cual todos estamos llamados, especialmente en este Año de la Fe.

El retorno del pecador a Dios siempre es gozoso, como el de Israel. La misericordia de Dios allana los caminos del regreso: “los guiaré por el camino recto y no tropezarán y seré como un padre para ellos” (Ib. 9). A veces es difícil levantarse y puede hasta ser muy penoso, pero Dios sale al encuentro como un padre amoroso del que lo invoca y confía en Él. La gracia de Dios -que es su fuerza operando en nosotros- nos ayuda a levantarnos y a no seguir tropezando por el camino de la vida.

El evangelio de hoy (Mc. 10, 46-52) retoma el tema de la ceguera de Bartimeo, figura de la ceguera en la que el hombre de hoy está sumido. Así también este relato evangélico nos ilustra acerca de la conversión interior que suscita ponerse en presencia de Jesús. Bartimeo era un mendigo ciego postrado al costado del camino y cuando se enteró que estaba pasando por allí Jesús, se puso a gritarle al Señor para que tenga compasión de él y de su situación. Ahora bien, es de notar que la ceguera de Bartimeo es simplemente exterior, porque él en su interior “ve” la presencia del Señor, lo reconoce y sabe que Él puede curarlo. Bartimeo reconoce en Jesús al Mesías, al Hijo de David. Jesús escucha su pedido, se detiene y manda a sus discípulos para que lo lleven a su presencia. Entonces le pregunta: “qué quieres que haga por ti? Haz Señor que pueda ver. Jesús le dijo: vete tu fe te ha salvado y al instante recobró la vista y lo siguió por el camino” (Ib. 51-52). Verlo y seguirlo son una misma cosa en este hombre que vio con nueva visión a Jesús, la Luz del mundo.

Nos podríamos preguntar: ¿y nosotros … vemos? Si descubrimos en nosotros algunas cegueras … ¿recurrimos a Aquél que nos puede hacer ver y dar la luz que necesitamos para transitar por la vida? El año de la fe nos propone precisamente eso: ver con los ojos de la fe, seguir a Cristo y poder caminar construyendo nuestra propia vida y la de los demás, construir un mundo con valores evangélicos, un mundo que crezca en la verdad, la libertad y la responsabilidad de los hijos de Dios.

Sigamos a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, pues sólo en Él, teniendo fe en Él, recobraremos la vida en la dignidad que Cristo nos ha devuelto con su pasión, muerte y resurrección. Las cosas del mundo pasan, sólo Dios y el amor con que hemos vivido permanece en nosotros y permanecerá.

Que María, mujer de fe y maestra de la fe, nos alcance esta gracia.


Marcelo Raúl Martorell

 

Obispo de Puerto Iguazú



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