Valentía, ante la adversidad

Marcelina Antúnez vive en Puerto Iguazú, Misiones, muy cerca de la Triple Frontera. Y cuando se jubiló como docente su espíritu inquieto la llevó a postularse para coordinar un programa provincial de lucha contra la trata de personas. “»Como maestra, había estado en contacto con chicos de barrios muy humildes, pero no me había dado cuenta de esta realidad hasta que empecé a recibir denuncias de abuso sexual intrafamiliar y de niños y jóvenes en situación de calle»”, cuenta Antúnez. 

Durante cuatro años, la ex docente recibía denuncias y derivaba los casos hacia migraciones, gendarmería y equipos de psicólogos, asistentes sociales y abogados. Su trabajo le valió enfrentarse a intereses poderosos. Hasta hoy, Marcelina tiene que cambiar periódicamente su número de celular porque recibe amenazas constantes.


Pese a su valentía, la coordinadora se dio cuenta de que todas las denuncias, allanamientos y derivaciones eran insuficientes. Había que hacer algo para prevenir que año a año, cientos de chicas jóvenes se fueran de sus hogares tras la promesa de un trabajo como modelo, promotora o moza en un bar, que, indefectiblemente, terminaba en una situación de encierro y la obligación de prostituirse.

Ese algo era brindarles una contención y una capacitación laboral mínima que les permitiera trabajar y mantener a sus familias (muchas de estas adolescentes ya son madres) sin tener que dejar su comunidad.


Así, en 2008, fundó la Asociación Amigos de Luz de Infancia, desde donde promovió la creación de un taller de confecciones textiles. Sin presupuesto para invertir y a fuerza de pedir ayuda entre amigos, vecinos y ex compañeros, Marcelina consiguió que le presten las instalaciones de una escuela en horario vespertino y donaciones de máquinas de coser hogareñas y semi industriales. “

Son decenas de chicas las que reciben promesas para «trabajar» en Buenos Aires, la costa atlántica o las localidades del sur petrolero. Al taller Retazos, asisten 10 o 20, algunas rescatadas del infierno de la prostitución obligada, y otras, que, sin saberlo, están en riesgo de caer en las redes del tráfico de personas.

Allí reciben clases de costura y encuentran un espacio donde vincularse y generar sus propios proyectos. «“Queremos crear una cooperativa para salir al mercado. Algunos hoteles nos han pedido que les confeccionemos sábanas y toallas. También apostamos a tener un local propio con exposición y venta”, se entusiasma la emprendedora».

 

Publicado en El Cronista

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