Crónica de un día difícil

Exclusivo: la historia del mayor enfrentamiento gremial de Misiones contada hora a hora, detalle por detalle. Misiones On Line logró recrear pormenorizadamente los sucesos que mantuvieron en vilo durante varias horas a la sociedad. Hubo disparos de armas de fuego dentro de la empresa, y hasta la destrucción casi total de dos pisos de la firma. Cómo se decidió el reemplazo de López Ricci.  

Este es el relato que coincidentemente cuentan algunos habitantes de los espacios más reservados del poder político provincial, respecto a la crítica jornada del martes 29 de junio, Quienes vivieron de cerca la evolución del conflicto desatado en EMSA, y que provocó la renuncia de su Presidente, coinciden en señalar que la tensión y la violencia fueron los impensados denominadores de un día ciertamente muy difícil para Misiones.

Esa mañana, en el edificio de EMSA de la calle Rioja, en forma sorpresiva, se produce una reunión interna que genera un cuadro de malestar dentro de la empresa. Minutos después, se produce una verdadera sublevación de empleados, motorizada y con una fuerte movilización del secretario general histórico del Sindicato de Luz y Fuerza, Héctor “Cachilo” Rodríguez. Alrededor de las 10 de la mañana, un grupo de trabajadores de EMSA, cuanto menos alcoholizados, irrumpen violentamente en las oficinas de la Presidencia, y mientras se deshacen en insultos hacia el presidente Héctor López Ricci, comienzan a destrozar muebles, archivos y papeles, que comienzan a caer por las ventanas, alertando a los transeúntes que al menos una situación extraña se vivía dentro del edificio de la empresa. Fue la primera señal perceptible hacia afuera del conflicto que empezaba a crecer dentro de esa sede.

En tanto, en la Residencia Oficial, el gobernador Maurice Closs presidía una reunión de trabajo bastante numerosa con sus colaboradores. Cuentan los que participaban del cónclave, de tono amable, que la reunión tuvo un largo impasse cuando el Gobernador recibió una llamada a su celular, que decidió atender, y que lo mantuvo alejado de sus contertulios por casi una hora, mientras caminaba por el parque de la Residencia hablando por su teléfono móvil.

Cuando Closs corta la comunicación y retorna a su sillón para proseguir la reunión, comienzan a llover al celular los múltiples mensajes alertando del grave clima que se vivía en el edificio de la calle La Rioja.

Visiblemente, el rostro del mandatario se ensombreció, y quienes lo conocen sabían que su expresión dura  -poco conocida públicamente-  era el reflejo de los datos que recibía cerca del por entonces incipiente conflicto.

La noticia de que el presidente de Emsa estaba retenido en el sexto piso del edificio, y que aparentemente estaba siendo sometido a agresiones verbales y aun expuesto a sufrir agresiones físicas, incluso con una botella de vidrio rota, fue decisiva para que el Gobernador estableciera una línea directa con el ministro de Gobierno y con el Jefe de Policía, para instruirlos a que se preservara la seguridad física del funcionario virtualmente tomado como rehén por los empleados insurrectos.

Desde el primer momento, la orden de Closs fue terminante: nadie debe sufrir daños físicos por más dura que sea la protesta, se le oyó decir tajante en el teléfono.

Apenas instruido en ese sentido, el jefe de Policía alcanzó a introducir algunos oficiales de la fuerza en el edificio sublevado. El comisario Amarilla, jefe de la Unidad Regional I, llegó al propio despacho del presidente y tuvo que contener los ánimos de los exaltados que sitiaban la presidencia, y que bramaban por un linchamiento público de López Ricci, amenazando con arrojarlo por los amplios ventanales del piso, hacia la calle.

Claramente en inferioridad numérica frente a los agresivos empleados que respondían a Luz y Fuerza, el comisario debió apelar a su rango para evitar las agresiones físicas contra el presidente de la empresa, incluso cubriéndolo con su cuerpo para detener proyectiles arrojados contra la humanidad de López Ricci.

Cada 15 minutos, Amarilla se comunicaba con uno de los celulares del Gobernador, para actualizar el cuadro de situación dentro del edificio, que claramente se encaminaba a empeorar.

Pasado el mediodía, cuando ya el ministro de Gobierno había denunciado ante el juez Fernando Verón la privación de la libertad de la que era víctima el presidente de Emsa, el clima de la protesta se volvió aceleradamente más violento e  incontrolable.

Closs ordenó a sus ministros y al jefe de Policía usar los medios de comunicación para exhortar a normalizar la situación, como último paso antes de que el juez ordenara liberar a López Ricci por la fuerza pública.

El vocero del Gobernador fue quien convocó apresuradamente a los medios a la Casa de Gobierno, y allí el ministro Jorge Franco y el jefe de Gabinete, “Pelito” Escobar, apelaron a la responsabilidad sindical para cesar la retención de los directivos de Emsa en el edificio.

Pero mientras los ministros hablaban con la prensa, en el edificio se desató una batalla campal entre los grupos que respondían al Sindicato de Luz y Fuerza y quienes defendían a López Ricci, que habían ingresado a la sede de la empresa por el acceso de la calle Ayacucho.

Los pequeños ambientes y pasillos de los pisos del edificio fueron el estrecho escenario de una violenta refriega que incluyó hasta el uso de armas de fuego. En la oscuridad, la furia de unos y otros incrementó los destrozos.

Fue entonces que se generalizó la sensación de que la solución al conflicto, a esa hora desbordado por la inusitada violencia de las dos partes, era una sola.

Según cuentan los pocos que acompañaron en esas horas críticas, tres elementos fueron los que desencadenaron el desenlace. La primera de estas razones fue la opinión de Amarilla, del jefe de Policía  y hasta del juez Verón de que era imposible pensar en una toma del edificio por la fuerza policial, para terminar con el cautiverio del presidente de la empresa.

Un edificio sin luz, con pasillos y escaleras extremadamente angostas, y plagado de divisorias de material altamente inflamable, era el escenario ideal para una tragedia imposible de mensurar, si se resolvía tomar por asalto esas instalaciones. “Es impracticable”, fue la sentencia unánime de todos los consultados.

La segunda razón que condujo al cambio de autoridades fue la magnitud de la violencia que tuvo el choque entre ambas facciones. Apenas se supo que había heridos, y que luego de la escaramuza los ánimos se mantenían mutuamente agresivos, se entendió que había que evitar que las cosas fueran a mayores.

Finalmente, el tercer elemento fue la noticia de que se habían producido disparos de armas de fuego, y de que hubo heridos de bala en la refriega. Si no se ponía fin a la situación, la próxima pelea de grupos podría tener un resultado fatal.

El peritaje del día posterior confirmó esos temores. Los policías encontraron los casquillos de las balas disparadas, y las huellas de los impactos en paredes y muebles, que denotaban que habían sido más de los que se pensaban al comienzo.

Ante este cuadro de situación, impensado al comenzar el día, se desencadenaron las decisiones. Fue aceptaba la renuncia ofrecida por López Ricci, y se designó a dos estrechos colaboradores de  Closs, -Sergio Ferreyra y Carlos Pretto- con clara capacidad de negociación política, para hacerse cargo de la empresa energética.

Incluso, los nominados para ocupar estas funciones fueron informados apenas minutos antes de que el subsecretario de Prensa oficialice el anuncio en el canal del Estado. La decisión fue informada directamente a la Vicegobernadora, que a esta altura se había convertido en la interlocutora de unos y de otros, y que de manera decidida intervino personalmente en el conflicto.

Fue ella quien, en permanente comunicación con su compañero de fórmula, tuvo la iniciativa de presentarse en la sitiada sede de la empresa y garantizar con su presencia una precaria tregua, hasta la resolución del conflicto, a media tarde.

La enérgica actitud de Sandra Giménez, según testigos presenciales, tuvo su primera expresión al pie de la angosta escalera que la mandataria subió hasta el sexto piso. Mientras avanzaba a paso decidido con el ministro Franco por el pasillo hacia la escalera, los sindicalistas intentaron increpar a la Vicegobernadora exigiéndole la salida del presidente.

Con un gesto de extrema dureza, la mandataria se dio vuelta y con una sola frase a viva voz acalló el griterío de los empleados: “Acá vinimos a dialogar para que haya paz, sin condiciones”, dijo, y comenzó a subir la escalera, seguida por Franco y su secretario. Un silencio de asombro de parte de los enfervorizados empleados de la empresa despidió a la mandataria y se prolongó por varios minutos en la planta baja. Cuando la Vicegobernadora permanecía en el sexto piso, se comunicaron las decisiones, y acordaron que fuera Jorge Franco quien anunciase la renuncia del presidente.

Con ello,  se logró finalizar la privación de la libertad del saliente presidente y su retiro ileso del edificio. Sin embargo, y como medida de seguridad, se evacuó a los manifestantes de ambos bandos, antes de que la mandataria y el ministro escoltasen a López Ricci hasta una salida lateral de la empresa.

Finalmente, pasadas las 17, la Policía tomó el control de la oscurecida sede de la empresa, inundada por la acción de las mangueras contra incendios que se usaron en la refriega, y que mostraba los estragos de la jornada de violencia. La salida de la Vicegobernadora puso término al conflicto sindical más duro que haya vivido la historia misionera en estos años. Las mismas fuentes que permitieron reconstruir como crónica los sucesos de ese día, coinciden en destacar la señal de unidad monolítica y solidaria que mostraron las cabezas del Gobierno provincial. Closs y Giménez actuaron juntos en todo momento, y la presencia de la mandataria fue clave para desactivar el riesgo de la profundización de los enfrentamientos.

Seguramente, coincidían esas fuentes, algunos otros no tuvieron ese comportamiento solidario y habrán despedido la dramática jornada descorchando alguna botella para brindar por el resultado, mientras soñaban con una interna dentro de la Renovación, que no consiguen instalar.

El desafío que aguarda a la dupla Ferreyra – Pretto es no sólo reparar los daños materiales, sino recuperar un clima de convivencia laboral dentro de una empresa que, necesariamente, debe tener algún replanteo interno para que la violencia del miércoles sea sólo un amargo recuerdo de las crónicas periodísticas.

 



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