Los atentados a la AMIA y la embajada de Israel en Argentina

En 1992 un coche bomba hizo volar la embajada de Israel asesinando a 29 personas. Dos años después, el horror se repitió en la AMIA, con 85 vidas sesgadas [su_note note_color=»#cdcdcd»]Ni la causa Amia ni la de la Embajada fueron esclarecidas totalmente.[/su_note]El 18 de julio de 1994 quedará grabado en la memoria de cada miembro de la sociedad argentina. Ese lunes, manos asesinas decidieron acabar con la vida de 85 seres humanos, asestando un golpe en el centro vital de la comunidad, en pleno corazón de la ciudad. Los efectos de la bomba, se sintieron y aún se sienten. Quién no recuerda exactamente qué estaba haciendo y dónde estaba cuando estalló la bomba. Y quién no se estremece todavía hoy al escuchar las historias y los nombres de quienes allí fallecieron. La investigación de la causa AMIA ha evidenciado en el aparato estatal, fallas estructurales y funcionales que pusieron al descubierto la falta de previsión, reacción y coordinación para afrontar hechos de trascendencia nacional e internacional como el atentado de la calle Pasteur. A 7 años de la tragedia, la intensa labor impulsada por querellantes y fiscales, ha transformado esta causa, aún irresuelta, en el expediente más voluminoso de la historia judicial argentina. Los 250 cuerpos del expediente encierran no sólo las pistas que confiamos nos llevarán a saber la verdad, sino también las páginas más siniestras de nuestra historia judicial contemporánea, pues en ellas se han puesto de manifiesto gravísimas situaciones de corrupción por parte de quienes tenían el deber de colaborar en la investigación, y terminaron siendo sospechosos en la misma. Los números de la causa AMIA son por demás significativos: más de 44.000 páginas, 1500 declaraciones testimoniales y 80 indagatorias; 210 allanamientos; 525 teléfonos intervenidos por orden judicial; 25 testigos de identidad reservada; 356.166 cassettes (casi 712.332 horas) de desgrabaciones. DOS AÑOS ANTES, EL MISMO HORROR En Buenos Aires, la tarde del 17 de marzo de 1992, a las 14.45 horas, fue desconcertante. Una poderosa bomba hacia añicos el edificio de la delegación diplomática israelí llevándose, entre sus escombros, la vida de 29 personas. Así, en un instante, la embajada, el convento, el geriátrico y la iglesia quedaron, literalmente, borrados del mapa de la ciudad. Dos días después una marcha multitudinaria, desde el Obelisco hasta la calle Arroyo, congregaba más de cien mil personas. En ese marco el presidente de la Nación, Carlos Menem dijo: «Les quiero dar la más absoluta seguridad a los israelitas y a los descendientes de israelitas que habitan esta bendita tierra: investigaremos hasta las últimas consecuencias este sangriento hecho para que los traficantes de la muerte queden a buen recaudo» mientras que, el embajador de Israel, Itzhak Shefi insistía: «Buscamos justicia. No venganza. Este, como todo crimen de lesa humanidad, tiene sus responsables. Y no dejaremos que queden impunes» El Gobierno debía asumir la responsabilidad de hacerse cargo de la provocación, terminar con la panfleteria del odio, limpiar a «sus propios cuadros de cómplices espirituales de los odiadores, de los matadores». También debía cuidar «los propios medios de comunicación que manejaba». En uno de ellos, aprovechando la ausencia por enfermedad del director, una locutora pudo destilar su insidia al esbozar la posibilidad de que «la misma Embajada tuviera la culpa del atentado, de que las víctimas son los asesinos» ya que «sin comunicación no habría terrorismo» sin faltar «el acto fallido [de un inolvidable ministro francés], diciendo que no solamente murieron judíos, sino también inocentes» . El mundo se había notificado que «un partido de Dios»[…]reivindica la masacre y que, desde Teherán, se proclaman guerras contra objetivos israelíes en el mundo entero» . Asi, el 21 de marzo, a través de un comunicado y un video, emitido a través de la televisión libanesa, Hezbollah se adjudicaba el atentado como corolario de una serie de amenazas publicas que, los máximos dirigentes de ese partido fundamentalista, realizaban luego de la muerte de su líder, Musawi. La realidad era que el terror no distinguía sino que incluía. Desde el comienzo la investigación se plantearon dificultades para sobrellevarla exitosamente ya » que se trato de terroristas profesionales, que están dispuestos a suicidarse por conseguir un objetivo contra Occidente, además están apoyados por una conexión local» Un año después, se denunciaba que «el grupo fundamentalista Hezbollah podría estar incorporando terroristas argentinos a sus filas»

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