Parece mentira. Hace sólo 12 meses asumía un gobierno. Hoy, a un año de esa asunción, vemos algo absolutamente distinto. La Alianza accedió al poder con un discurso basado en la transparencia y en la lucha contra la desocupación. Planteaba, en definitiva, el cambio del modelo. Sin embargo, a sólo 12 meses vemos que no sólo no se ha modificado ninguna de las bases en la que se sustentaba el modelo sino que, por el contrario, se ha profundizado. La alineación extrema con los organismos internacionales de crédito se ha convertido en la principal política de Estado. Las recomendaciones de los gurúes de la resignación, aquellos que endiosan al mercado por sobre todas las cosas, son para este gobierno palabras santas. Es así como en el primer año de mandato, la administración de Fernando De la Rúa se ha convertido en una de las más recesivas de los últimos años. Una enumeración sintética de las medidas más importantes adoptadas por el gobierno brinda un claro ejemplo de la forma en que se ha perjudicado la economía argentina: – Impuestazo – Rebaja salarial para los empleados estatales – Reforma laboral – Emergencia económica – Tarifazo Estas medidas fueron ampliamente rechazadas por el Justicialismo ya que entendía que era ir por el camino equivocado. La difícil situación económica de nuestro país requería de políticas activas que significaran un mayor flujo de dinero en el mercado local, un incremento de las exportaciones y un mejoramiento de la situación de los sectores más desprotegidos. La mejor prueba del error en que cayó el gobierno es el desesperado salvataje al que tuvo que recurrir hacia fines de este año. El pacto firmado con los gobernadores de todo el país fue un pedido angustiante de ayuda que hacía la Nación a las provincias. Por otro lado, el llamado «blindaje financiero» no es otra cosa que un aval que condiciona las políticas internas a fin de asegurar el pago de la deuda externa. Por otro lado, este es un gobierno que accedió al poder a través de una Alianza que a los pocos meses se disolvió. La renuncia del ex vicepresidente Carlos Alvarez significó el debilitamiento de la figura del Presidente de la Nación y, consecuentemente, la pérdida de gobernabilidad. Frente a esta situación, los organismos internacionales de crédito y los mercados vieron la oportunidad de imponer sus ideas y sus políticas a una administración débil. Ya no existe el Radicalismo y el Frepaso unidos bajo un mismo objetivo. Hoy coexisten dos partidos que luchan por el mismo poder. Como dice un sabio dicho popular: «a río revuelto, ganancia de pescadores». Y los pescadores no son otros que los que se aprovecharon de la Argentina durante muchos años y que hoy mantienen su intención de atrapar entre sus redes el producto de los hombres y mujeres de este país. En medio de esta situación, el Justicialismo hizo todo lo posible por acompañar al gobierno electo democráticamente. A pesar de su rechazo en el recinto, ayudó a que la administración de De la Rúa tuviera las leyes que reclamaba. Nadie podrá culpar al Justicialismo de obstruccionismo. Aclaramos en cada oportunidad los errores en los que estaba incurriendo el gobierno. No nos escucharon. Esta sordera gubernamental ha provocado el descontento popular y el descrédito generalizado. A un año de la asunción, el gobierno parece otro. Y es que, en realidad, es otro. Nada tiene que ver esta administración con la que accedió al poder el 10 de diciembre de 1999 y mucho menos con la coalición que ganó las elecciones el 24 de octubre de ese año. Todavía está a tiempo de cambiar. Por su propio bien y, fundamentalmente, por el de todos los argentinos.
¿Parar o seguir?






