Resumen Ejecutivo de la Fundación Capital del economista Martín Redrado (www.fcapital.com.ar) En los últimos meses conviven una sostenida recuperación de los depósitos y un notable estancamiento del crédito al sector privado. El argumento más verosímil a este comportamiento está dado por la incertidumbre sobre los ingresos futuros que domina a buena parte de la población. Claro está, una tasa de desempleo superior al 15% de la población activa afecta también al 85% restante, dado el temor a perder el empleo en los próximos meses o, en el mejor de los casos, ver reducido su salario. Adicionalmente, si se tiene en cuenta la creciente inequidad en la distribución del ingreso y la consolidación de la pobreza en niveles muy elevados (superiores al 25%), se comprende que una porción muy importante de la población (no inferior al 20%) queda excluida del mercado, con la consecuente merma en la demanda agregada interna. En ese caso, la insuficiencia de demanda puede limitar la potencialidad de crecimiento de la economía durante los próximos años. El «deterioro social» de los 90 Entre 1990 y 1999, el Producto argentino se expandió más de un 50%. Sin embargo, dicho crecimiento se caracterizó por ser un proceso excluyente. Aunque es justo aclarar que el ingreso actual de todos los deciles es superior al de la década anterior, también es cierto que el reparto de la «torta adicional» fue muy desigual. Indudablemente, las audaces reformas económicas emprendidas en el marco del plan de convertibilidad (apertura, desregulación, liberalización de los mercados), inevitables -vale aclararlo- para aspirar a una economía con crecimiento sostenido, no estuvieron acompañadas de las medidas sociales necesarias para evitar el deterioro social de los sectores excluidos. Por ejemplo, la carencia de una legislación laboral acorde con la nueva estructura económica y la existencia de una estructura impositiva que grava exageradamente al factor trabajo fueron causas concurrentes -aunque no exclusivas- del crecimiento del desempleo, mientras que la mora en la «eficientización» del gasto social dilapidó recursos que estaban teóricamente destinados a los «excluidos». Período Ingreso medio Desem-pleo Pobreza (a) Distribución del Ingreso (a) Var.% anual PBI PBI p/hab(u$s) (% pobl. activa) Incidencia (% pobl.) Indigencia(% pobl.) Gini (d) Brecha (e) 1985-88 0,2 2.790 5,3 31,1 (b) 9,7 (b) 0,441 16,2 1989 -6,9 1.828 7,6 36,6 12,3 0,482 22,6 1991-94 7,9 6.690 8,6 19,6 3,7 0,439 16,8 1995 -2,8 7.424 17,5 23,5 6,0 0,451 20,8 1996-98 5,8 8.063 15,0 26,2 6,5 0,457 23,0 1999 -3,1 7.776 14,1 26,9 7,2 0,458 24,1 2000 (mayo) 2,0 7.897 15,4 31,0 (c) 7,8 (c) 0,464 24,8 (a) Datos del Gran Buenos Aires, que representa cerca del 40% del total nacional de la encuesta del INDEC. (b) Datos del año 1988 – (c) Datos no oficiales. Estimación preliminar. (d) Medida de desigualdad que oscila en un rango entre 0 (perfecta igualdad) y 1 (desigualdad extrema). (e) Ingreso del decil de mayores recursos / ingreso del decil de menores recursos. El proceso de segmentación social verificado a lo largo de los ’90 queda en evidencia en el cuadro anterior. La tasa de desempleo actual casi triplica el nivel de mediados de los ’80, la pobreza se aproxima al 30% de la población (sólo es superada por la pobreza de la hiperinflación), y el reparto del ingreso es cada vez menos equitativo (el ingreso del 10% más rico es 25 veces superior al ingreso del 10% más pobre), al punto de prácticamente igualar la desigualdad de la hiperinflación, a pesar de que el «impuesto inflacionario» es más gravoso para los pobres que para los ricos. Asimismo, pueden identificarse algunas tendencias de largo plazo: . Más allá de una breve mejora inicial (período 1991-94), el programa económico adoptado en los ’90 no fue capaz de interrumpir -al menos- la tendencia hacia una mayor desigualdad iniciada a mediados de los ’70. Así, en materia de equidad Argentina aparece cada vez más distanciada de las economías desarrolladas, y cada vez más cercana al contexto latinoamericano (que es la región con mayor desigualdad a nivel mundial). . Existe una asimetría importante entre la velocidad de deterioro de los indicadores sociales en una época recesiva y la velocidad de recuperación en una fase expansiva, que hace que los indicadores sociales se vayan deteriorando. En ese marco, la pobreza parece consolidarse «peligrosamente» en niveles superiores al 25% de la población, mientras que la desocupación presenta una notable persistencia al punto que no se podrían alcanzar niveles de desempleo de un dígito antes del año 2006. . La recesión y la inflación afectan relativamente más a los sectores de menores ingresos. Por lo tanto, los pobres son los más beneficiados por estabilidad de precios que aportó el plan de convertibilidad, pero también son los más perjudicados por la vulnerabilidad a los shocks externos que implica la liberalización financiera. Menores perspectivas de crecimiento ante el deterioro social En el cuadro queda claro que el crecimiento de los ’90 estuvo motorizado por la demanda interna. En particular, el consumo (público y privado) explica casi el 65% del crecimiento de la demanda agregada en el primer ciclo expansivo de la convertibilidad (91-94), y un 60% en el segundo (96-98), mientras a las exportaciones les cupo un rol marginal (4% y 14%, respectivamente). Período Var.% Part.% s/Demanda Global(precios constantes) Part.% s/Crecimiento(precios constantes) DemandaGlobal Consumo Inversión Exportaciones Consumo Inversión Exportaciones 1991-94 10,7 74,6 16,6 8,7 64,2 31,8 3,9 1996-98 7,0 73,0 18,0 9,1 59,5 26,8 13,8 2000 (p) 2,1 72,4 17,4 10,2 72,9 -7,6 34,7 Vista la situación social descripta en la sección anterior, y teniendo en cuenta que las posibilidades de mejoras de dichos indicadores son remotas (como se argumentó, aún con crecimiento económico las posibles disminuciones de la pobreza, de la desigualdad y del desempleo serán lentas), hacia adelante será difícil reproducir el comportamiento que tuvo la demanda interna en los anteriores ciclos expansivos. La incertidumbre laboral, la renegociación a la baja de los salarios como consecuencia de un alto desempleo, la reciente reforma laboral y la restricción fiscal imponen al consumo un horizonte de crecimiento moderado para los próximos años (no mayor al 3% anual). Un ejemplo elocuente de este diagnóstico se presenta en el corriente año, donde las exportaciones constituyen el factor más dinámico (crecerían más de un 7% en términos reales) y el consumo aumenta un magro 2.2%, determinarían que el Producto apenas alcance una expansión del 2% anual. o COMO CONSECUENCIA DE LA EXCLUSIÓN SOCIAL DE LOS ’90… LA POTENCIALIDAD DE CRECIMIENTO SE VERÍA REDUCIDA En los últimos meses conviven una sostenida recuperación de los depósitos y un notable estancamiento del crédito al sector privado . Más aún, las reducciones de las tasas de interés y las agresivas campañas publicitarias por parte de los bancos, que acumulan una notable capacidad prestable ociosa, no lograron inducir la demanda de crédito del sector privado. El argumento más verosímil a este comportamiento está dado por la incertidumbre sobre los ingresos futuros que domina a buena parte de la población. De hecho, la «clase media» tiende a cambiar sus hábitos de consumo afectada por indicadores sociales (desempleo, pobreza, distribución del ingreso) que, lejos de experimentar una mejora, continúan deteriorándose. Claro está, una tasa de desempleo superior al 15% de la población activa afecta también al 85% restante, dado el temor a perder el empleo en los próximos meses o, en el mejor de los casos, ver reducido su salario. En este punto cabe señalar que la descentralización en la negociación salarial que promueve la reforma laboral aprobada este año, si bien favorece la creación de empleos en el largo plazo, en lo inmediato, y en un contexto de alto desempleo, induce mermas en los niveles salariales vigentes. Adicionalmente, si se tiene en cuenta la creciente inequidad en la distribución del ingreso y la consolidación de la pobreza en niveles muy elevados, se comprende que una porción muy importante de la población (no inferior al 20%) queda excluida del mercado, con la consecuente merma en la demanda agregada interna. En ese caso, la insuficiencia de demanda puede limitar la potencialidad de crecimiento de la economía durante los próximos años. Ello es más evidente si se tiene en cuenta la actual composición del producto, donde un presunto mayor dinamismo de las exportaciones (apenas representan el 10% de la demanda global) no sería suficiente para compensar la atonía de la demanda interna, y donde la propensión a consumir de los sectores ricos es menor a la de los sectores pobres. El «deterioro social» de los 90 Entre 1990 y 1999, el Producto argentino se expandió más de un 50%. Sin embargo, dicho crecimiento se caracterizó por ser un proceso excluyente. Aunque es justo aclarar que el ingreso actual de todos los deciles es superior al de la década anterior, también es cierto que el reparto de la «torta incremental» fue muy desigual (en particular, a partir de 1994). De hecho, el ingreso real del primer decil (el 10% de personas de menores ingresos) cayó un 18% entre 1992 y 1999 (el más bajo de la década), mientras que en igual lapso el ingreso real del 10% más rico aumentó un 33%. Indudablemente, las audaces reformas económicas emprendidas en el marco del plan de convertibilidad (apertura, desregulación, liberalización de los mercados), inevitables -vale aclararlo- para aspirar a una economía con crecimiento sostenido, no estuvieron acompañadas de las medidas sociales necesarias para evitar el deterioro social de los sectores excluidos. Por ejemplo, la carencia de una legislación laboral acorde con la nueva estructura económica y la existencia de una estructura impositiva que castiga exageradamente al factor trabajo fueron causas concurrentes -aunque no exclusivas- del crecimiento del desempleo, mientras que la mora en la «eficientización» del gasto social dilapidó recursos que estaban teóricamente destinados a los «excluidos». Período Ingreso medio Desem-pleo Pobreza (a) Distribución del Ingreso (a) Var.% anual PBI PBI p/hab(u$s) (% pobl. activa) Incidencia (% pobl.) Indigencia(% pobl.) Gini Brecha 1985-88 0,2 2.790 5,3 31,1 (b) 9,7 (b) 0,441 16,2 1989 -6,9 1.828 7,6 36,6 12,3 0,482 22,6 1991-94 7,9 6.690 8,6 19,6 3,7 0,439 16,8 1995 -2,8 7.424 17,5 23,5 6,0 0,451 20,8 1996-98 5,8 8.063 15,0 26,2 6,5 0,457 23,0 1999 -3,1 7.776 14,1 26,9 7,2 0,458 24,1 2000 (mayo) 2,0 7.897 15,4 31,0 (c) 7,8 (c) 0,464 24,8 Variación % 2000 / 96-98 -2 2.6 18 20 1.5 8 2000 / 95 6 -12 32 30 3 19 2000 / 91-94 18 80 58 110 6 47 2000 / 89 432 103 -15 -37 -4 10 2000 / 85-88 283 290 0 -20 5 53 (a) Datos del Gran Buenos Aires, que representa cerca del 40% del total nacional de la encuesta del INDEC. (b) Datos del año 1988 (c) Datos no oficiales. Estimación preliminar. El proceso de segmentación social verificado a lo largo de los ’90 queda en evidencia en el cuadro anterior . La tasa de desempleo actual casi triplica el nivel de mediados de los ’80, la pobreza se aproxima al 30% de la población (sólo es superada por la pobreza de la hiperinflación), y el reparto del ingreso es cada vez menos equitativo (el ingreso del 10% más rico es 25 veces superior al ingreso del 10% más pobre), al punto de prácticamente igualar la desigualdad de la hiperinflación, a pesar de que el «impuesto inflacionario» es más gravoso para los pobres que para los ricos . Es justo reconocer que en una primera fase (período 1991-94, años de mayor dinamismo del Producto), el programa económico puesto en práctica en 1991 logró mejoras «transitorias» en los indicadores sociales , con pronunciados descensos en los niveles de pobreza (llegó al 16% en 1994) y una distribución del ingreso más equitativa (en 1993 se habían «recuperado» los niveles de equidad previos a la hiperinflación). Sin embargo, la situación se deterioró rápidamente durante la crisis del «tequila» (año 1995), que hizo trepar el desempleo a niveles récord (en mayo de ese año llegó al 18.4%), con el consecuente impacto negativo en la cantidad de pobres y en la equidad. No obstante, lo más llamativo -y quizás lo más preocupante- es que, una vez recuperada la fase expansiva (entre 1996 y 1998 el producto creció casi un 20%), los indicadores sociales no mostraron una franca mejoría: la pobreza descendió muy lentamente, siempre en niveles superiores al 24%, y el desempleo promedió un 15% (llegó al 12.4% en octubre de 1998). En sentido inverso, la inequidad continuó su trayectoria fuertemente ascendente. Finalmente, la recesión iniciada a mediados de 1998, extendida hasta el primer semestre de este año, redundó en nuevos incrementos de pobreza y de desigualdad, cuyos indicadores se aproximan ya a los niveles de finales de los ’80. Obviamente la evolución de los indicadores seleccionados no es independiente. Es claro que en un contexto recesivo los sectores de menores recursos (que coinciden con los de menor nivel de instrucción) son los primeros en perder el empleo, cayendo rápidamente por debajo de la línea de pobreza (dado que, en el mejor de los casos, se encontraban muy próximos a ella) y ampliando la brecha que los separa de los trabajadores más calificados (que se ubican en la parte superior de la escala de ingresos). También debe mencionarse que la educación se ha transformado en otro de los factores que explican la ampliación de la brecha entre ricos y pobres. Concretamente, el retorno de la educación se ha incrementado en los ’90 (en particular, a la educación terciaria o superior). Por último, la informalidad laboral característica de este período también es fuente de inequidad . El comportamiento descripto puede sintetizarse en algunas tendencias de largo plazo: ü Más allá de una breve mejora inicial (período 1991-94), el programa económico adoptado en los ’90 no fue capaz de interrumpir -al menos- la tendencia hacia una mayor desigualdad iniciada a mediados de los ’70. Así, en materia de equidad Argentina aparece cada vez más distanciada de las economías desarrolladas, y cada vez más cercana al contexto latinoamericano (que es la región con mayor desigualdad a nivel mundial). ü Existe una asimetría importante entre la velocidad de deterioro de los indicadores sociales en una época recesiva y la velocidad de recuperación en una fase expansiva, que hace que -en el largo plazo- los indicadores sociales se vayan deteriorando. En ese marco, la pobreza parece consolidarse «peligrosamente» en niveles superiores al 25% de la población, mientras que la desocupación presenta una notable persistencia al punto que no se podrían alcanzar niveles de desempleo de un dígito antes del año 2006 . ü La recesión y la inflación afectan relativamente más a los sectores de menores ingresos. Por lo tanto, los pobres son los más beneficiados por estabilidad de precios que aportó el plan de convertibilidad, pero también son los más perjudicados por la vulnerabilidad a los shocks externos que implica la liberalización financiera. La situación social como determinante del crecimiento A mediados de los años ’60, la distribución del ingreso en los países del sudeste asiático era más equitativa que la vigente en América Latina. Tres décadas más tarde, el ingreso per cápita promedio de aquellas naciones orientales había crecido a una tasa del 5.5% anual, mientras que sus pares latinoamericanas apenas habían alcanzado un ritmo del 1.8% anual. Aunque sería un grave error ignorar la incidencia de otros factores políticos y económicos en tan disímil performance, la evidencia anterior sugiere la posibilidad de que exista cierta influencia de la distribución del ingreso actual en las posibilidades de crecimiento futuro. Aunque los estudios empíricos no han logrado resultados concluyentes en la contrastación de dicha hipótesis, en principio pueden reconocerse al menos tres vías por las cuales una distribución del ingreso menos equitativa puede atentar contra el crecimiento potencial: ü «Amenaza sobre los derechos de propiedad», representados por la tentación de las autoridades políticas a conceder medidas redistributivas (por ejemplo, subsidios a la pobreza o un sistema tributario más progresivo) en favor del «votante medio», alterando así la apropiación de los retornos de la inversión y reduciendo la tasa de acumulación de capital. ü «Imperfección del mercado de capitales» que, por restricciones de liquidez, coarta la posibilidad de alcanzar el nivel de instrucción deseado por parte de los estratos inferiores , subutilizando entonces el potencial productivo de un sector importante de la población. ü «Insuficiencia de mercado interno» para colocar la producción, no sustituible con demanda externa porque la transición hacia un «modelo exportador» no es inmediata. Si en dicha transición la inversión no encuentra los estímulos suficientes, el proceso de crecimiento puede verse abortado, ya que la demanda agregada de corto y mediano plazo no incentivará la concreción de nuevos proyectos. Menores perspectivas de crecimiento ante el deterioro social Indudablemente, los tres factores enunciados, a través de los cuales una precaria situación social podría restringir el crecimiento potencial, están presentes en el caso argentino. En el cuadro queda claro que el crecimiento de los ’90 estuvo motorizado por la demanda interna. En particular, el consumo (público y privado) explica casi el 65% del crecimiento de la demanda agregada en el primer ciclo expansivo de la convertibilidad (91-94), y un 60% en el segundo (96-98), mientras a las exportaciones les cupo un rol marginal (4% y 14%, respectivamente). Período Var.% Part.% s/Demanda Global (1) Part.% s/Crecimiento (1) DemandaGlobal Consumo Inversión Exportaciones Consumo Inversión Exportaciones 1991-94 10,7 74,6 16,6 8,7 64,2 31,8 3,9 1996-98 7,0 73,0 18,0 9,1 59,5 26,8 13,8 2000 (2) 2,1 72,4 17,4 10,2 72,9 -7,6 34,7 (1) A precios constantes (2) Proyectado Vista la situación social descripta en la sección anterior, y teniendo en cuenta que las posibilidades de mejoras de dichos indicadores son remotas (como se argumentó, aún con crecimiento económico las posibles disminuciones de la pobreza, de la desigualdad y del desempleo serán lentas), hacia adelante será difícil reproducir el comportamiento que tuvo la demanda interna en los anteriores ciclos expansivos. La incertidumbre laboral, la renegociación a la baja de los salarios como consecuencia de un alto desempleo, la reciente reforma laboral y la restricción fiscal imponen al consumo un horizonte de crecimiento moderado para los próximos años (no mayor al 3% anual). En ese caso, dada la actual estructura del Producto, y aún suponiendo un comportamiento dinámico de las exportaciones (del orden del 9% anual), la velocidad «crucero» (o de largo plazo) de crecimiento económico sería inferior al 4% anual. Un ejemplo elocuente de este diagnóstico se presenta en el corriente año, donde las exportaciones constituyen el factor más dinámico (crecerían más de un 7% en términos reales) y el consumo aumenta un magro 2.2%, determinarían que el Producto apenas alcance una expansión del 2% anual.







