“Supermamá”: con 16 hijos y 16 nietos, puso un comedor para ayudar a 80 chicos en su propia casa

“Supermamá”: con 16 hijos y 16 nietos, puso un comedor para ayudar a 80 chicos en su propia casa

Liliana Pérez quiere pasar el domingo, el Día de la Madre, con sus hijos. No espera más que eso; tiene 16 y el mismo número de nietos. Además, tres veces por semana, recibe unos 80 chicos en un merendero en su casa. Sólo le sobran ganas, nada más. Tiene tantas que hasta terminó la primaria el año pasado y ahora hace el secundario.

A los 49 años la mueven los proyectos y no la frenan los problemas. Hace dos años consiguió un empleo en el Ministerio de Desarrollo Social de esta provincia, donde es maestranza; además limpia casas por hora. Nueve de sus 16 hijos -tienen entre 7 y 30 años- van al colegio; está orgullosa porque este año egresan dos.

“No había podido estudiar porque éramos muy pobres; sigo siéndolo -dice a LA NACION-. Por eso me propuse que mis chicos tenían que ir al colegio. Éramos seis hermanos y vivíamos con mi mamá en una pieza de dos metros por tres, con una cama”.

Uno de los recuerdos más presentes que tiene es que dormía entre dos sillas. “Mamá soltera, trabajaba todo el día para que pudiéramos comer. Fui un tiempo a la escuela, pero después tuve que dejar; nunca pude tener un juguete. Fue muy triste mi infancia”.

Casada hace 35 años, su marido hace uno que está sin empleo; hace changas. Entre las ideas que le dan vueltas a Liliana está la de hacerle una “fiestita” a su hija que este año cumple 15. “Como nunca pude tener nada, quiero que ellos estén mejor”.

El año pasado terminó la primaria; cuenta feliz el día que recibió el diploma acompañada de todos sus hijos y sus nietos: “Fue un logro tan grande, un orgullo inmenso para mí y para ellos”.

Reconoce que al principio fue “duro” porque “el tiempo de antes es muy distinto al de ahora”, pero no se dejó vencer y siguió. “Me encanta, cansada de todo el día, voy igual”.

Arrancó la secundaria -“si pude con una, cómo no hacerla”-, pero un incendio dejó sin nada a su hijo de 28 años. El fuego le destruyó la casa precaria donde vivía y perdió todo. Liliana resolvió que ayudarlo era la prioridad, pero las llamadas desde el colegio para que regresara, la decidieron. “Me las arreglo con todo; es posible”.

Cuenta que ya en la primaria los horarios se le enredaban, hasta “que me propuse que no iba a frenarme; hay días en que no doy más, pero no falto”.

Su hijo de 22 años es discapacitado; a los cuatro comenzó con convulsiones, está medicado y tiene un retraso en el desarrollo. Por las dudas, Liliana aclara que “todavía” no le tramitó la pensión que le corresponde.

Cuando la enfermedad del chico se complicó Liliana pensó que haría “algo bueno” para que Dios “me de milagros para él, para su salud”. Una mañana se levantó con la idea de poner un merendero en su barrio, Yapeyú.

 

El comedor

“Tenía tres litros de leche; nada más. Y así empecé, con nada en la mano. Compré pan y mermelada -continúa-. Vinieron diez chicos; ahora son casi 80”. Les da la leche martes, jueves y sábado en su casa. El viento le voló el techo de la cochera, así que la sirve en tres tandas en la cocina.

Está contenta porque en el Ministerio le donaron 20 chapas para arreglar el techo. “Me faltan los hierros, pero lo vamos a hacer. Pero es imposible no darles la merienda; de algún lado siempre surge una ayuda; de negocios, de vecinos, hago yo el pan o unos bizcochuelos”.

No se queja, cree que siempre vendrá algo mejor. “Para mí es el goce más grande compartir con ellos, los chicos dan pilas para seguir para adelante, dan más fuerza. Tengo hijos y nietos, pero esto también hace falta”.



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