Los primeros años de Sarmiento: autodidacta, polémico y exiliado

Los primeros años de Sarmiento: autodidacta, polémico y exiliado

Aprendió solo todo lo que no obtuvo de la escasa y restrictiva educación formal de la época. Desde temprano sintió encono hacia los caudillos federales y se formó en el bando unitario.

Domingo Faustino Sarmiento fue, sin lugar a dudas, una de las personalidades más fascinantes y controvertidas de la  historia argentina. Polifacético, autodidacta, polémico y apasionado.

Nació en Carrascal, entonces un humilde barrio de la capital sanjuanina, el 14 de febrero de 1811.

Acuariano temperamental, convencido y decidido. Su padre era José Clemente Quiroga Sarmiento o José Clemente Sarmiento, como firmaba. En la época se estilaba elegir algunos de los apellidos paternos o maternos, o utilizar varios a la vez. José Clemente descendía, en quinto grado, del inmigrante portugués Manuel de Acosta, sospechado de ser un judío converso al cristianismo, que había venido de Europa, durante el siglo XVII, tal vez escapando de las persecuciones religiosas.

La madre de Sarmiento era Paula Zoila Albarracín Igarzábal; se decía que descendía del jeque moro Al Ben Razen (de quien derivaría su apellido, de raíz musulmana).

Habiendo constituido un hogar cristiano, los Sarmiento tuvieron cinco hijos: cuatro mujeres (Procesa, Bienvenida, Paula y Rosario) y un varón: Faustino Valentín.

Cuentan que su segundo nombre se debía a que el niño había nacido un 14 de Febrero. Entonces, ¿de dónde salió el “Domingo“, nombre con el cual lo conocemos?. No se sabe, a ciencia cierta, si se debió a que había nacido un Domingo, o bien a que su familia se había encomendado a la advocación de Santo Domingo, que estaba muy relacionado con su familia. La cuestión es que desde chico respondió al nombre de “Domingo” y nunca utilizó el “Valentín“,denominación que terminó perdiéndose en el olvido.

Por su lado materno, Sarmiento estaba emparentado con la familia Oro. De hecho, el fraile dominico Justo Santa María de Oro y Albarracín, diputado por San Juan al Congreso de Tucumán, que declarara la independencia en 1816, era tío suyo; y fue uno de sus primeros educadores dejando una marcada influencia en el pequeño Domingo, como lo fueron su apego al orden, la admiración hacia el progreso, la cultura y el saber humano y los valores de la unidad nacional, principios éstos que adoptaría el llamado bando unitarioen nuestras guerras civiles.

Por el lado de los Quiroga, los Sarmiento también se relacionaban familiarmente con Facundo Quiroga, el célebre y temible caudillo riojano, enemigo acérrimo de Sarmiento, a quien éste dedicara sus más duras e ingeniosas filípicas en su libro “Facundo“. En efecto, ambas ramas familiares descendían del tronco común de los Rechiario, o Reciario (los reyes suevos del reino bárbaro de Galicia) que, casados con la realeza visigoda de España, darían origen al Infante don Felipe de Keiruga (o Quiroga, el inaugurador del apellido) entre los siglos VI y VII de la era cristiana.

Sarmiento fue autodidacta; aprendió solo todo lo que no obtuvo de la escasa y restrictiva educación formal de la época

Cuenta la historia familiar que los primeros maestros del pequeño Domingo fueron su padre y su tío José Manuel Quiroga Sarmiento quienes le enseñaron a leer cuando tenía cuatro años. Sin embargo, la presencia paterna no fue luego tan determinante, habida cuenta de que don José Clemente tuvo que ausentarse mucho tiempo del hogar familiar, durante la Campaña de los Andes, junto al general José de San Martín. La carga más fuerte de la crianza de los hijos recayó sobre los hombros de doña Paula.

Hacia 1816 Domingo ingresó a una de las “Escuelas de la Patria” fundadas por la Revolución rioplatense en San Juan. En 1821 su madre le sugirió que se inscribiera en el seminario, que dependía de la Universidad de Córdoba.

Sin embargo, Domingo, que jamás sintió inclinación hacia la vocación religiosa, optó por postular como ingresante al Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, que rechazó su aplicación por no haber salido en el sorteo, ni tener contactos en la Capital que le franquearan el ingreso a la institución.

Cerradas las puertas para perfeccionar su educación, Sarmiento no se desanimó. Desde ese momento, se convirtió en un autodidacta y aprendió solo todo lo que no obtuvo de la escasa y restrictiva educación formal de la época. De ese modo fue elaborando, en su interior, la idea de que la educación debía ser prodigada, sin límites, a todos los habitantes del país.

Un amigo suyo, ingeniero, lo orientó en matemáticas, su tío, el padre José de Oro (hermano de Fray Justo), lo ayudó con latín y teología. Mientras, en sus ratos libres, el propio Domingo estudiaba francés, por su cuenta.

Desde ese momento, a Sarmiento lo animará un encono contra todos los caudillos, su atuendo y sus seguidores incondicionales, los gauchos

En 1827, a la edad de dieciséis años, las montoneras de su pariente lejano Juan Facundo Quiroga, el “Tigre de los Llanos” invaden San Juan y esa imagen impactará gravemente en la memoria y la mente del muchacho que, perplejo, contempla el espectáculo que se alza ante sus ojos.

El “gaucho malo de los llanos“, como lo llama, se ha levantado en combinación con los demás caudillos federales, en contra de la Constitución sancionada por el Congreso Nacional en 1826 y evita que los sanjuaninos juren fidelidad a esa Carta Magna. Sarmiento se dirige a las afueras de la ciudad, donde observa perplejo al caudillo riojano que ha acampado en un potrero de alfalfa y da órdenes, de pie, bajo un toldo, mientras luce orgullosamente su chiripá.

Desde ese momento, a Sarmiento lo animará un encono contra todos los caudillos, su atuendo y sus seguidores incondicionales, los gauchos. A partir de allí empezará también a germinar en su mente el enfrentamiento entre la civilización, el progreso, la educación, encarnados por el autodenominado “Partido del Orden” (o “Unitario” por sus enemigos) contra la barbarie, el caos, la ignorancia y el atraso, representados por los caudillos federales y sus montoneras. De todos ellos, Quiroga constituiría el arquetipo a combatir.

Años después, rememorando estas impresiones, clamaría Sarmiento en su “Facundo“: “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo. Tú posees el secreto. ¡Revélanoslo!” Se indigna más Domingo cuando, al poco tiempo, se entera de que, cuando el enviado del Congreso se presenta de etiqueta, como correspondía, ante el gobernador de Santiago del Estero, el caudillo federal Juan Felipe Ibarra, lo recibe, en señal de desprecio “en mangas de camisa y chiripá“.

En ese gesto ve cabalmente Sarmiento el atroz enfrentamiento fraticida que tenía lugar entre los argentinos, claramente reflejado en los distintos atuendos. Por un lado, la civilización, la cultura, la educación encarnadas por la ciudad; por el otro, la barbarie, el salvajismo, la ignorancia y el atraso, sostenidos por los caudillos campestres. Domingo no duda. Siempre se caracterizó por ser un apasionado hombre de decisiones y de posiciones. Toma inmediatamente partido por la Civilización y comienza a combatir a la Barbarie con su espada, con su pluma y su palabra.

Con la batalla de la Ciudadela, en 1831, cayó la efímera Liga del Interior que había concebido el general José María Paz, como una alternativa frente a la Liga Federal, que agrupaba a las provincias comandadas por los caudillos federales. Entonces, las montoneras de Facundo Quiroga volvieron a invadir San Juan. Esta vez, dispuestas a tomar represalias contra las familias que habían osado apoyar la aventura del “Manco” Paz.

Entre ellos se encontraban los Sarmiento. Fue entonces cuando Domingo, que ya contaba con veinte años, y su padre debieron escapar hacia Chile, junto con doscientas familias más. En esa etapa de su vida nació su admiración hacia el país trasandino. A Sarmiento le dolía ver la evolución de ambas naciones vecinas, después de haber declarado sus independencias.

Mientras que en Argentina la constante había sido la anarquía y el triunfo de la “barbarie” encarnada por los caudillos federales; en Chile no se habían registrado enfrentamientos civiles y regía un gobierno republicano, inspirado en principios democráticos, que eran respetados y observados por todos sus ciudadanos. Era el país donde habían triunfado las ideas de “civilización” que propugnaba Domingo.

En Chile, Sarmiento se ganó la vida como maestro en Los Andes, como capataz en las minas de plata de Copiapó, como bodeguero en Pocuro, como empleado de comercio en Valparaíso.

Permaneció casi cinco años en el país vecino; hasta que se enteró denque su enemigo, Facundo Quiroga, había sido asesinado en Barranca Yaco (provincia de Córdoba) en 1835. Entonces emprendió el regreso a San Juan, donde tomó contacto con los trabajos de los jóvenes románticos que en Buenos Aires conformaron la “Generación del ’37“: Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría, José Mármol, Juan María Gutiérrez.

La juventud ilustrada sanjuanina, liderada por Sarmiento, jura las “Palabras Simbólicas” del “Dogma Socialista“, escrito por Echeverría y que les sirven de guía y referencia. Para difundir estas ideas de avanzada con las que comulga y se compenetra en plenitud, Domingo funda en 1839 el famoso periódico “El Zonda“, en San Juan.

En palabras del gran sanjuanino, esta publicación “fustigaba las costumbres de aldea, promovía el espíritu de mejora y hubiera producido bienes incalculables si el gobierno, a quien el Zonda no atacaba, no hubiese tenido el horror a la luz que se estaba haciendo“. En efecto, fue un modesto periódico de pueblo que no alcanzó siquiera a tener seis semanas de vida (se publicaba un número por semana). Sus suscriptores eran muy pocos y la loca aventura cultural de Sarmiento terminó ante la desconfianza que la publicación despertó en el gobernador rosista de San Juan, don Nazario Benavídez.

El Zonda se imprimía en la única imprenta que había en la provincia. Pertenecía al estado y había sido adquirida en 1825 por el entonces gobernador Salvador María del Carril (futuro vicepresidente de la República). Benavídez sólo la utilizaba para publicar decretos, bandos y publicaciones de la administración pública. El reglamento de la imprenta permitía que fuera usada por parte de “ciudadanos responsables“, que tuvieran “propósitos de utilidad pública“, para lo cual debía requerir la autorización del gobernador.

¿Cómo fue que Benavídez impidió que el Zonda se siguiera publicando? Simple: a partir del número seis, el gobierno aumentó arbitrariamente el precio convenido por el uso de la imprenta oficial. Ya el esfuerzo era altamente antieconómico y el gobernador quería aprovecharse de esta circunstancia.

Entonces, Sarmiento se opuso tenazmente, argumentando que el gobierno no podía alterar unilateralmente los precios ya convenidos de antemano y discutió airadamente con el gobernador. Benavídez, sintiéndose ofendido, amenazó con encarcelar al editor, o desterrarlo si persistía en su actitud irrespetuosa; o no cancelaba la deuda incurrida en imprimir el último número del Zonda.

Les costó mucho a los amigos de Domingo convencerlo de cancelar la deuda y olvidar el asunto, para no que no terminara con sus huesos en el calabozo. Sin embargo, este hecho terminó de alejar definitivamente a Sarmiento de Benavídez, a quien acusó de arbitrario y aprovechador.

Entonces, cuando al año siguiente volvió a estallar la guerra civil, entre los partidarios del orden y de las montoneras, Sarmiento, fue encarcelado, con grillos, en el primer piso de la casa de gobierno, donde funcionaba la prisión. Una madrugada, se despertó ante el ruido de jinetes que gritaban: “¡Mueran los salvajes unitarios!“. Sus carceleros intentaron arrastrarlo hacia la planta baja, para que lo lincharan entre todos.

 Sarmiento, adivinando lo peor, luchó tenazmente aferrándose a las rejas de su celda, gritando, para no ser llevado a la fuerza. Sus alaridos alertaron al gobernador Benavídez, que vivía a pocos metros de la casa de gobierno. Cuando ya lo conducían hacia la plaza, apareció el mandatario. Alarmado por el escándalo que se había armado, ordenó que liberaran al cautivo. Ayudó a tal fin la presencia de la madre de Sarmiento, que se presentado en la plaza y le suplicó a Benavídez por la vida de su hijo.

Así fue que, temiendo represalias por no poder expresar lo que realmente pensaba, Sarmiento volvió a emprender el exilio a Chile, por segunda vez, junto a su padre. Para inmortalizar este nuevo exilio, dejó inscripto, en el paso cordillerano, con carbón, esta frase en francés: “On ne tue point les idées” (“Las ideas no se matan“).

Pero el terrible sanjuanino prefería dar otra versión: “A los hombres se degüella, a las ideas no“.



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