La imagen del sector forestoindustrial y su necesidad de diálogo empático con la comunidad

“Debemos ser empáticos para entender al otro (sociedad) y viabilizar el crecimiento de la forestoindustria, no porque nos convenga, sino porque es parte de nuestro rol social al formar parte de este sector que produce bienes que todos consumimos y que en Argentina podemos producir mucho más eficientemente desde un punto de vista económico y ecológico”, analiza en su columna mensual Gustavo Braier, miembro de la Fundación Ambiente y Desarrollo (*).

 

El sector forestoindustrial durante los últimos años atravesó por un período de cuestionamiento por su faz ambiental y social. Más allá de que los fundamentos de los cuestionamientos puedan no haber sido sólidos, el sector debe tomar nota de este hecho.

 

Como señalaba María Cristina Área, presidenta de la Fundación Ambiente y Desarrollo (www.ambienteydesarrollo.org.ar) en una nota publicada el 15 de abril de 2017 en Misiones Online, la Argentina cuenta objetivamente con un potencial productivo forestoindustrial que los países vecinos ya han explotado.  La Argentina sigue esperando.

 

Como experiencia personal, puedo aportar que en 1986, siendo un joven analista de la Asociación de Fabricantes de Celulosa y Papel, coordiné un trabajo que proyectaba al sector hacia el año 2010, incluyendo nuevas fábricas y exportaciones importantes.  Como dicen Los Redondos de Ricota, “el futuro ya llegó”, pero las inversiones y las plantas industriales, no.

 

Si juntamos el concepto de los dos primeros párrafos vemos que el sector no invierte en forma sustantiva desde el año 1982/1983 (Alto Paraná y Papelera Tucumán) cuando contaba con un gran apoyo financiero del entonces existente BANADE (Banco Nacional de Desarrollo). De hecho, hacia 1987, hubo un Máster Plan de la Mesopotamia hecho por Jaako Pöyry que hablaba de una planta de papeles kraft en la provincia de Corrientes, aparte del proyecto Cuatiara de la desaparecida Massuh, entre otros. Se agrega en este milenio, el cuestionamiento ambiental y social.

 

En su nota del 12 de mayo, el licenciado en geografía Carlos Reboratti, miembro fundador de nuestra Fundación, analizó el tema de la conflictividad social/ambiental que nuestro sector ha vivido más dramáticamente por todo el proceso de impacto social que se dio con la instalación de Botnia en Fray Bentos, Uruguay.  Habla de un juego de suma cero en la resolución de los temas ambientales por el conflicto, que me animaría a llamar de “todos pierden” por la sumatoria de costos asociados.  Se pregunta si podemos pasar a un “todos ganan”.

 

La Fundación Ambiente y Desarrollo desde sus inicios intenta apostar a un “todos ganan”.  Desde dentro de la Fundación, sin embargo, uno se siente “cascoteado” porque los ambientalistas no nos creen, por tener vínculos que son públicos con el sector, y porque los industriales no están muy convencidos de que los acompañemos a un camino de responsabilidad social y ambiental basado en el diálogo.  Por el lado del Estado, no hemos podido avanzar mucho en los diálogos.  Sin embargo, seguimos adelante por la convicción de que este es el camino.  Quienes quieran acompañarnos en este camino pueden escribir a presidencia@ambienteydesarrollo.org.ar.

 

Podemos hacer poco por modificar la conducta de la ciudadanía en general, pero podríamos tener más incidencia en el comportamiento industrial por estar más concentrado.  Y aquí plantearía dos temas:

 

1°) Es necesario poner esfuerzo en tener un lenguaje en común, porque sin un lenguaje en común no hay diálogo posible. En este diálogo debemos tener presentes los preconceptos, fundados o no, y lo que hacemos.

Si las empresas tienen un sector de RSE (Responsabilidad social Empresaria), pero el resto de los departamentos de la empresa se siguen moviendo con criterios tradicionales, no vamos a romper los preconceptos negativos de la población en general.  Como representantes del sector productivo tenemos que ganarnos la confianza de ellos. Si no nos ven como creíbles, no vamos a poder dialogar con ellos.

 

Entiendo que el diálogo debiera estar respaldado por métodos que permitan hacer un análisis en conjunto, producción-social-ambiente para comprender los efectos cruzados.

 

2°) Es preciso que admitamos -como sector – que la industria supo tener un gran impacto ambiental y social en el pasado y que aún lo tiene en mayor o menor medida.

Debemos aceptar que la población sabe lo que hicimos ayer y que tiene motivos para desconfiar, aún cuando -como dice María Cristina Area en su nota- hoy las cosas estén mejor.

 

Es decir, debemos ser empáticos para entender al otro y viabilizar el crecimiento de la forestoindustria, no porque nos convenga, sino porque es parte de nuestro rol social al formar parte de este sector que produce bienes que todos consumimos y que en Argentina podemos producir mucho más eficientemente desde un punto de vista económico y ecológico.

 

Respecto de la empatía, les recomiendo ver un extracto de un programa del doctor Facundo Manes sobre “el poder de la mente: la empatía”.  Allí se señala que el humano es el único animal con capacidad de ponerse en el lugar del otro. Sugiero que explotemos esta característica de nuestra naturaleza humana, como personas productivas, en beneficios de nuestra sociedad.  Razonemos, por favor, si en esta línea nos estamos comportando como niños o como adultos sociales. (https://www.youtube.com/watch?v=Z58DA14dKmw)

 

 

(*) Ex presidente de la Fundación Ambiente y Desarrollo

-Licenciado en Economía UBA

-MSc. Economía forestal e industrial, Universidad de Toronto, Canadá



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