Matereré: música entre fusiones e infusiones

Matereré: música entre fusiones e infusiones

Matereré es un conjunto de música litoraleña compuesto por Oscar Peralta, Cacho y Mauricio Bernal. Pone en diálogo la tradicional música de guitarra, con la batería y la marimba, dos instrumentos marginales dentro de la tradición litoraleña. Se presentan el 23 de enero en el Festival del Chamamé. Aquí, la crónica del encuentro con sus integrantes:

A veces, un mínimo desvío en un conjunto de cosas estables nos impacta como un descubrimiento. Algo de esto ocurre con la música de Matereré, que incluye, en el repertorio ritual de la música litoraleña, un instrumento completamente exótico: la marimba. Y con la marimba, trae al mundo conocido del chamamé, la polca y la galopa el sobresalto de una transformación auténtica.

Pero la transformación apenas se percibe un segundo. Todos hemos tenido la experiencia de hacer un descubrimiento y no poder volver atrás. Tampoco la música puede retractarse de sus apropiaciones. Tarde o temprano, lo exótico se vuelve propio. Como nos cuenta Cacho, el bandoneón no estaba en el tango ni el tango estaba en Buenos Aires. Un día llegaron ritmo e instrumento por separado, perdidos entre los barcos de inmigrantes. Un día, ambos inmigrantes se mezclaron y el bandoneón se hizo tanguero. Pero, a su vez, el tango y el bandoneón se hicieron porteños. Un tiempo más y el trío Buenos Aires-tango-bandoneón se volvió inseparable.

La marimba es definitivamente un instrumento exótico, pero llega al litoral ¡para perderse! Se trata de una mezcla de piano extensísimo y batería “con notas”, suena a – salpicón de arroyo. Algo así como si el sonido de un arpa fuese cayéndose en gotas. Y algo curioso: se toca con unos palillos largos que se terminan en puntas cubiertas por unos almohadoncitos de lana. Así, y lo más extraño: uno golpea con lana la superficie de una tecla de madera, y por algún motivo, suena ¡a salpicón!

Mauricio explica que tocar un chamamé en la marimba implica una cuota de inventiva y destreza física. No es una música que “quede cómoda”, hay que adaptar el instrumento al ritmo y el cuerpo del músico al instrumento.

La marimba es una recién-venida, dentro de los ritmos litoraleños. Sin embargo, como nos cuenta Cacho, hubo un tiempo en que la batería también fue una extranjera: “Todavía la prohíben en los festivales de chamamé más herméticos. La percusión no estaba originalmente en el chamamé. Aún hoy es a veces solo un instrumento de fondo. Tuve que entrar por atrás, como siempre digo: ponerme en la fila del género. Había empezado tocando otros ritmos en los que la batería tenía más protagonismo. Pero, así como nunca se puede cambiar el acento del lugar del que uno viene, así, en mi batería, el chamamé ya venía sonando”.

Sin embargo, Cacho no quería sonar detrás, en el fondo del chamamé, sino pasarse adentro, estar en medio de ese laberinto: “Así que seguí y un día… me había metido”. Primero, lo llamó para tocar Raúl Barboza. Tocaron un tiempo juntos, se hicieron amigos. Un día, Raúl Barboza se negó a participar de un festival al que le habían “sugerido” no asistir con “esos tambores africanos”. Ahora, la batería de Cacho se había metido tanto, que ya no había forma de volver a sacarla. En el transcurso de esta “entrada”, el instrumento también fue mutando. Cacho tiene ahora, entre sus tambores: un sonajero de nueces, un canasto con contenido misterioso, una cortina de llaves y allá, si mi vista no me engaña, un montón de caracoles enhebrados.

Cacho cuenta: “En Buenos Aires, el chamamé fue por mucho tiempo considerado una música de segunda. Se bailaba en los antros del puerto, acompañaba las danzas de porteros y empleadas. Para la escena porteña, constituía simplemente un tipo de música popular”. Para un litoraleño, en cambio, el chamamé es un estado de ánimo, a veces incluso un fenómeno climático, un calor musical.

Como señala Frodo: “Corrientes es el hermetismo”. Una sola cosa, el chamamé-religión. “En Misiones, las cosas están más dispersas, participan más colores. Es menos unívoco. Es cierto que gracias al hermetismo, un género cobra fuerza, pero también hay que tener en cuenta que corre el peligro de estancarse.”

En último término, todo está en el modo en que entendemos “lo nuestro”: ¿se trata de un producto final, algo que, cuando llegamos nosotros, ya está acabado y definido? ¿O se trata, en cambio de la suma de todos nuestros sucesivos actos (pasados, presentes y futuros) de apropiación? Matereré nos predispone a la pregunta. La respuesta llega sola: basta con escucharlos.

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